Política y droga

Desde tiempos remotos se conoce que la cocaína o dama blanca fue y será el elemento más solicitado en los círculos sociales, sea este el que sea. Sigmund Freud fue el más entusiasta en su consumo, bajo el manto científico alentó su consumo. Luego vinieron los tiempos en que artistas, literatos y demás personajes la usaron, claro está, como fuente para sus pretendidas inspiraciones; hasta Borges tenía una que otra anécdota al respecto. Más tarde su uso fue extendiéndose llegando a las élites que siempre fueron consumidores de refinados gustos y preferencias, por algo la dama blanca peruana siempre fue cotizada entre las mejores.

Fue al inicio de la de década de los sesenta en que la cocaína se disparó en su consumo con la efervescencia juvenil de los snobs, yuppies, hippies y demás; los músicos más famosos no dejaron de usarla, los integrantes de las bandas de rock fueron tal vez los más descarados en portarla. Cuántos de ellos pararon en la cárcel y cuántos de ellos murieron en el frenesí de su consumo.

Hoy el consumo de la cocaína es generalizado. Jóvenes, adultos, viejos; hombre y mujeres, son sus principales consumidores. No hay lugar en el mundo donde la cocaína no tenga presencia, pero si de señalar lugares ahí tenemos San Francisco, NY, Miami, Chicago, Washington, Paris, Marsella, Hamburgo, Madrid, y se podría seguir llenando línea tras línea con los nombre de las ciudades donde ni de día ni de noche se deja de consumir cocaína.

Por supuesto que para satisfacer la demanda se requiere de ampliar los suelos donde producir la hoja de coca y que mejor que cualquier suelo del territorio peruano, sin importar la acides del mismo ni su pendiente, pues esta planta crece en cualquier parte y en cualquier condición, dando hasta seis cosechas anuales por hectárea.

Hasta la década de los setenta el Alto Huallaga (Tocache-Tingo María) era el fortín para la producción de la hoja de coca, hasta se tenía el CORA, institución encargada de la compra de las hojas de coca a los productores registrados ofialmente en el padrón de productores. Pero cuando el producto es tan cotizado en el mercado la necesidad de ampliar y sofisticar las plantaciones es una necesidad. Es así que no fue suficiente la superficie del Alto Huallaga para la producción de hoja de coca y la necesidad de expansión no se hizo esperar, pues más abajo del río Huallaga se dispone de los valles Huallaga Central y Bajo Mayo, y hacia esa basta extensión se dirigió el esfuerzo de los “agricultores”.

En la década de los ochenta Saposoa, Juanjui, Bellavista estaban conquistadas con plantaciones que hasta se podían ver desde un jet de itinerario Lima-Tarapoto-Lima. Había que expectar el maravilloso paisaje aéreo de la Selva Alta y en medio de las pendientes y no tanto, las plantaciones con riego o sin él, en una composición ordenada cual batallón de militares en formación.

La ciudad de Tarapoto hasta 1986 fue lugar de recreo, de confianza entre sus pobladores, hasta que bajó desde el Alto Huallaga la horda de narcotraficantes. Todo cambió, no volvió la tranquilidad ni la seguridad entre sus pobladores. Otra ciudad magníficamente tranquila fue Moyabamba, de la que se puede afirmar, que era el remanso para una exitosa luna de miel o un retiro religioso, todo quedó en el recuerdo.

A todo esto se le debe agregar la migración de los desposeídos de Cajamarca, aquellas personas que fueron y son expulsadas por la gravedad de la miseria. Fueron ellos los que por necesidad cambiaron  el uso y manejo de los suelos con el sombrío de las plantaciones de hoja de coca; lo hicieron hasta en terrazas, con el consiguiente impacto ecológico que se concretizó en erosión hídrica y eólica. Lo que los atrajo fue el jornal, tanto para los recolectores como para los que pisaban las hojas de coca en las pozas de maceración. De no tener nada, pasaron a adquirir electrodomésticos, rádios transistores, equipos de música, es decir, su consumo se incrementó radicalmente. Viajaron desde su Cajamarca querida con toda su cultura agraria y con una esperanza, hacer dinero.

Hoy el Perú se encuentra atrapado entre el consumo de cocaína, pasta básica y la cosecha de coca. A nadie le es ajeno que en la sociedad peruana se consume cocaína, que los comercializadores minoristas pululan por todas partes, en cada barrio y en cada esquina. Esto no es novedad, como tampoco que la política se encuentre infiltrada como lo está con los terroristas y los interceptadotes (chuponeadores) telefónicos en todas sus versiones. Lo que se debe rescatar es que un periódico, Peru21,  publique con nombres y señales sobre el tema.

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