El hombre de la yuca

 

M&A

 

 

Oscar Muñiz

En las últimas de sus apariciones en público en el año 1999, bailaba, reía, ordenaba, mandaba. Andaba bien vestido, con sobriedad, luego hasta se hizo la permanente, ese arreglo al cabello que de la noche a la mañana el sujeto aparece con risos cuando su cabello es hirsuto. De regreso al Perú mantenía sus trajes al día, hasta coqueteo con su otrora asesor y jefe de inteligencia. Luego de su condena vino su Waterloo. Despeinado, con ropa raída, con aspecto maltratado, enfermo, agotado. Tan solo hace algunos días apareció con su tradicional corte de cabello, vistiendo ropa sport, lozano y bien despejado. Esta metamorfosis es la de un histrión, del latín histrionicus, que significa el sujeto que expresa con exageración lo que caracteriza a los actores.

No hace falta sugerir, que un acto subliminal es un mensaje lanzado por  debajo del límite normal de percepción, el cual provoca en las personas sentimientos de rechazo, conmiseración u otros. Esto es lo que hizo, hace y hará el histrión en lo que le quede de vida.

Después de 25 años el peruano-japonés podría ser condenado a ocho años de prisión y al pago de S/. 244 millones, unos US$ 81’333,333, por haber comprado la línea editorial de la prensa popular.

Durante el juicio que se le siguió por la compra de la línea editorial de los periódicos populares,  mantuvo más o menos lo mismo que argumentó cuando fuera procesado por no respetar los derechos humanos y otras atrocidades. En el caso que nos ocupa dijo: Soy el arquitecto y constructor del Perú moderno. Estoy procesado, acusado y a punto de ser condenado solo por dichos de testigos. En mi gobierno se enquisto el tumor maligno de los diarios chicha. No hay pruebas de que yo haya ordenado la compra de la línea editorial de la prensa popular. Aunque no me lo crean, yo no tenía la intención de ejercer un tercer mandato… Luego de coordinar para que aceptara la primera vice presidencia, a condición de que yo, al cabo de unos meses, renunciaría, fue cuando inicie la campaña del año 2000.

Los peruanos conocen las penurias que traen los gobiernos de facto, los tiranos y dictadores. El peruano-japonés no es la excepción. El Perú, habiendo salido después de doce año de la dictadura 1968-1980, se reencontró con un Estado que debía ser reconstruido. Las dificultades que se tuvieron que afrontar en los siguientes cinco años no fueron fáciles de resolver, la inflación era como pólvora cercana a una braza de fuego, el desempleo era una bomba de tiempo social, mientas que los diferentes indicadores económicos andaban por los suelos, y se daba inicio a la guerra subversiva (terrorismo) senderista.

Sin embargo contra viento y marea se mantuvo el respeto constitucional, los otrora golpistas se encontraban quietos, cada quien cumpliendo con sus responsabilidades que el nuevo gobernante les había encomendado.

El traspaso del poder en 1985 a un gobierno democráticamente elegido fue impecable, fue así que el otrora partido históricamente marginado desde 1930 llegaba al poder, no con su fundador y líder, más bien con un mozuelo de verbo altivo, quien al transcurrir sus primeros años le afloró las ideas revolucionarias ante la impotencia de no saber gobernar. Cuando termino su mandato el Perú era un desastre, reportaba la inflación mayor de su historia, con un desempleo increíble, con hambre, en pocas palabras un Perú destrozado por el populismo.

El primer año del siguiente gobierno 1990-1995, fue una esperanza para millones peruanos, sin embargo les jugó una mala pasada. Sin saber que jugaban a la ruleta rusa habían escogido como presidente a un frio, mal calculador y por demás menguado presidente. Aquel gobernante desconocido, sin pedigrí político, que cuando se vio amenazado por golpistas, inmediatamente se refugió en la embajada de su país natal, el Japón. Cuando paso el temporal, cual experto, saco la cabeza de donde la había escondido.

Transcurrido el tiempo y dos mandatos continuos pretendió ejercer un tercero, pero la corrupción, la traición de sus correligionarios frente a los hechos lo volvió olvidadizo. Escapo del Perú, renuncio vía fax desde su país de origen, regreso al Perú, vía Santiago de Chile esposado y directo a prisión cual vulgar ladrón y traidor.

Han pasado catorce años desde que concluyo la pesadilla para un sector de la población peruana, pero la sociedad en su conjunto sigue presenciando su histrionismo, escuchando sus alegatos. Hoy aparece lucido, efusivo,  los males que lo aquejan se le disiparon.

El peruano de hoy sabe de lo que es capaz de hacer y decir el peruano-japonés. Pretende mantener en vilo a todo un país. ¿Como olvidar su traición? ¿Como pasar por alto su deslealtad? No reconoce sus errores. ¡Dejar pasar por alto todas sus argucias es ponerse a la altura del que alguna vez delinquió!

Asumo que el lector se encuentra familiarizado con el personaje en mención y con las penurias que pasaron millones de personas en Perú. Resumir los hechos no es tarea fácil, sin embargo es más sencillo recordar que en el Perú durante y después que gobernó el peruano-japonés se instalo la creencia que la membrecía es necesaria para ingresar a la política nacional. La mitad de peruanos se olvidaron que los políticos tradicionales fueron antes que todo luchadores sociales, cada uno de acuerdo a sus creencias, ideología o dogmas. Hoy el político es solo cuestión de herencia, basta mirar la descendencia del peruano-japonés que con descaro y sin pudor candidatean a la Presidencia o al Congreso de la Republica.

La sapiencia del pueblo peruano es tan igual que la sapiencia del pueblo del mundo. No se trata de endiosar a uno, ni de ningunear al otro. En las últimas elecciones generales del 2011, los peruanos se salvaron de la vergüenza pública por tan solo 1%. Fue cuando el actual gobernante gano las elecciones a la hija del peruano-japonés, hoy purgando pena de cárcel por ir contra los derechos humanos. Si los peruanos de bien quieren dormir tranquilos el 2016, año en que se realizaran las elecciones presidenciales y del Congreso, deben desde el día de hoy pensar en repetir el acto de la última votación general, pero esta vez con mayor margen, sea quien sea el presidenciable. ¿Se imaginan tener como presidente a un descendiente del peruano-japonés? ¿Se imaginan el regreso de todos aquellos que formaron parte de su comparsa?

El pueblo peruano debe desterrar la vergüenza. Debe reconocer que se equivoco. Debe corregir algunos de sus defectos. Debe utilizar la cabeza y no el corazón. Solo, el pueblo peruano debe exorcizarse para no caer nuevamente en lo profundo de la desesperanza, olvidando su esfuerzo, restableciendo su dignidad y salvando su decoro.

El peruano debe recorrer el camino de la libertad, viviendo libre en base a su trabajo y sacrificio. El pueblo peruano debe sopesar lo sucedido en los últimos catorce años, que con su esfuerzo saco al Perú del abismo donde se encontraba, lo cual no fue en vano. De una vez por todas, que se libre del yugo de los tiranos, porque no fue fácil tanto sacrificio.

¡FELIZ AÑO 2015!

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